La casa ambulante

Cuando tengo ocasión voy en bici al trabajo. Me importa bien poco si hace frío o calor, si llueve o si el viento sopla fuerte. El paseo mañanero me despeja y me hace sentirme bien.

Avanzar por la avenida de Inokashira a la altura del parque de Yoyogi es sin duda el mejor momento del paseo. A ambos lados de la carretera los árboles parecen querer recuperar su espacio usurpado comenzando su invasión desde lo alto de sus copas, estos días ya algo peladas debido al frio del invierno que acaba de empezar.

En el frío de la mañana son muchos los que se acobijan bajo los árboles de la gran avenida. Son los mendigos que esperan su reparto de cupones, los camioneros haciendo tiempo hasta la hora de entrega de su mercancia o los taxistas echando una cabezada. Siempre están ahí, nunca fallan.

Pero entre todos, el que siempre me ha intrigado ha sido un coche cubierto de hojas, aparcado en el lado que da al parque con cortinas negras en todas las lunas que no dejan ver su interior. Sin excepción, no hay día que falle nuestro encuentro. En él vive alguien, lo delatan los cristales empañados en las mañanas frías y cuando paso a su lado busco alguna rendija, algun hueco por el que poder adivinar quién vive en ese coche, algo que me de alguna pista.

Hasta el otro día. Allí estaba él. Saliendo del coche por la puerta del pasajero apunto de echar la llave a su casa sobre ruedas. Era un chico jóven, cerca de los treinta, alto y delgado pero de complexión normal-fuerte. Parecía recién afeitado. Su ropa para nada parecía ropa vieja, sino que incluso vestía mucho mejor que yo con mi viejuna sudadera, totalmente pulcro, como si fuese a una cita con su chica.

Al fin lo ví y no me sirvió para conseguir apagar mi interés, sino todo lo contrario. Ahora cada vez que paso delante de aquel coche me pregunto si aquella imagen que tengo se correspondía con su aspecto normal, si salvo su hogar ambulante su vida era más o menos como la mayoría de los chicos que trabajan a su edad. O si iba de camino a una entrevista para cualquier trabajo que le sacase de aquel frío coche. No tengo ni idea, pero cada vez que lo veo me roba el tiempo imaginando el cómo sería estar yo dentro de ese coche.

Antonio Abad

Expatriado en Tokio. Infiltrado como informático salaryman en una empresa japonesa. Mimetizado completamente sino tuviese tanto pelo.